El divorcio contencioso sigue siendo una de las experiencias jurídicas y personales más complejas dentro del Derecho. A diferencia del divorcio de mutuo acuerdo, el contencioso se inicia cuando no existe puntos comunes entre los cónyuges en aspectos esenciales como la custodia de los hijos, el régimen de visitas, el uso de la vivienda familiar, la pensión de alimentos o el reparto del patrimonio común.
En estos casos, es el juez quien establecerá las medidas que entienda adecuadas al interés de los menores una vez practicadas las pruebas y escuchado a las partes.
Es un proceso condicionado por la saturación judicial y la complejidad del caso, pudiendo prolongarse entre 8 meses y 2 años.
Nada es sencillo en un divorcio contencioso. La demanda y su contestación suelen ser recibidas con malestar por la otra parte, que las analizará con lupa hasta la última coma. Además, la posible intervención de los hijos en el procedimiento —quienes tienen derecho a ser oídos en relación con su custodia— añade un estrés considerable, al someterlos a una presión que nunca se habría deseado para ellos. Por otro lado, el juzgado investigará de forma exhaustiva el patrimonio familiar, lo que implica que apenas habrá secretos.
Por todo ello, el proceso contencioso suele activar mecanismos de estrés, ansiedad e irritabilidad que es necesario gestionar de manera adecuada.
Algunas pautas recomendadas por especialistas son:
- Validar y exteriorizar las emociones. Llevar un diario ayuda a canalizar la frustración y mantener claridad al tomar decisiones.
- Cuidar la salud física. Rutinas de ejercicio, descanso y una dieta equilibrada mejoran la resistencia emocional durante el litigio.
- Contar con apoyo profesional. La atención psicológica o el coaching legal-emocional fortalecen la capacidad de negociación y afrontamiento.
Comunicación con la expareja: Una de las principales fuentes de prueba en los procedimientos de divorcio contencioso es la comunicación entre cónyuges, especialmente cuando hay hijos menores. Las discusiones por escrito o mensajes impulsivos pueden acabar incorporados al expediente judicial. Debes evitar mensajes inoportunos.
Para evitar estos riesgos:
- Limita los canales de comunicación a medios verificables y objetivos, como correo electrónico.
- Emplea un tono neutral y centrado en hechos, especialmente al tratar temas de custodia, visitas y gastos de los niños.
- Evita implicar a los menores o a terceros en la comunicación. La instrumentalización de los hijos puede tener consecuencias jurídicas y psicosociales graves.
Un comportamiento cooperativo no solo favorece el bienestar familiar, sino que puede ser valorado positivamente por el juez o por el equipo psicosocial.
Protección de los hijos: el eje central del proceso
Desde una perspectiva jurídica, el legislador y la jurisprudencia sitúan el interés superior del menor como criterio rector en cualquier resolución.
No obstante, este principio debe acompañarse de acciones concretas dentro del entorno familiar:
- Ofrece explicaciones adaptadas a su edad. Los niños deben entender que el divorcio es una cuestión entre adultos y que ambos padres los seguirán cuidando.
- Evita la exposición al conflicto. Discutir o descalificar al otro progenitor delante de tus hijos puede generar daños emocionales e incluso ser considerado un indicador de riesgo en informes psicosociales.
- Mantén rutinas estables. La previsibilidad diaria da seguridad emocional.
- Detecta cambios en su comportamiento. Si notas señales de ansiedad o tristeza persistente, considera consultar a un psicólogo infantil o solicitar terapia familiar.
Si estás enfrentando un divorcio contencioso o prevés que pueda llegar a serlo, busca asesoramiento de un abogado especialista en familia. La especialidad en esta materia es consustancial y esencial, pues se trata de un ámbito muy delicado de la vida de las personas que hay que saber manejar desde la empatía y la experiencia.
Abogada de familia en Granada