En el complejo mundo de las separaciones y divorcios, el convenio regulador se presenta como un documento fundamental, un pacto que busca ordenar la vida post-matrimonial o post pareja de hecho de manera equitativa y pacífica. Este acuerdo debe ser el fruto de un diálogo constructivo entre las partes. Sin embargo, en medio de una relación aún cordial o ante el deseo mutuo de cerrar el capítulo sin rencores, surge una tentación peligrosa: no regular aspectos que parecen menores, que se dan por hecho, o que se confían al «buen entendimiento» futuro. La causa siempre es la confianza actual olvidando pensar a futuro. Pero la vida no es inmutable, pasa el tiempo y aquella confianza desaparece, las cosas ya no son igual, existen nuevas parejas, nuestra línea de pensamiento ha cambiado… ¿Qué sucederá entonces? Vamos a explorar esas trampas emocionales que acechan a la hora de realizar un convenio regulador.
Vamos a pensar en una pareja que, tras años de convivencia, decide separarse en términos amigables. La confianza mutua es alta. Se dicen, que: «no hace falta detallar visitas extra de los niños como en los cumpleaños de los padres y abuelos, pues nos pondremos de acuerdo cuando surja». Sienten el optimismo de seguir colaborando.
Sin embargo, aquí radica el primer error: pecar de exceso de confianza, pues la vida es impredecible por naturaleza y trae cambios inevitables. Un nuevo empleo, una mudanza, una relación sentimental o incluso una crisis económica pueden alterar drásticamente las dinámicas. Y así llega el día del cumpleaños de la abuela materna y los hijos están en ese momento conviviendo con el padre. La madre le pide que asistan a la celebración, pero el padre (que lo ignoraba por completo) ya había hecho otros planes con los niños fuera de la ciudad y no los lleva. La abuela siente en el alma que no la acompañen sus nietos. La hija se lleva un gran disgusto. Se lamenta y se promete ser inflexible si alguna vez el padre le pide algún favor. Se crea un malestar que comienza a erosionar las buenas relaciones, incluso hasta el punto de llegar a interponer demandas. Esto puede dar inicio a un ciclo de hostilidad que genere un desgaste emocional con reproches comunes que afecten directamente a los hijos. Los niños, testigos involuntarios, internalizan lecciones negativas sobre el conflicto y la deslealtad, lo que puede impactar su desarrollo emocional.
En otros casos, no regular horarios de recogida y entrega de los niños, o no establecer turnos o periodos vacacionales precisos puede acarrear más de un problema si la situación de alguno cambia por nuevo trabajo, vivienda en otro lugar, etc.
Por ello, dejar cabos sueltos en el convenio regulador socava la estabilidad que se busca lograr. Un convenio incompleto es tan vulnerable como una pluma al soplo del aire. Por ello hay que regular todo: lo que se piensa que es importante y lo que pueda dar problemas futuros.
Recuerda: una gran parte de las modificaciones de convenios reguladores se deben precisamente a omisiones iniciales, que podrían haberse evitado con una redacción exhaustiva. Incluso prever escenarios hipotéticos (como una pérdida de empleo o un traslado a otra ciudad) resulta una postura inteligente para minimizar intervenciones judiciales.
En conclusión, aunque la confianza en una buena relación inicial pueda tentar a dejar aspectos sin regular, hacerlo es un riesgo innecesario que puede derivar en abusos, mala relación y en la dolorosa judicialización.
Atar todos los cabos sueltos no es un acto de desconfianza, sino de prudencia y responsabilidad. Es proteger, no solo los intereses propios, sino el equilibrio familiar en su conjunto
Abogada de familia en Granada