Dar el paso hacia una separación no es fácil. A menudo, se siente como un fracaso abrumador, un momento en el que la vida entera parece desmoronarse. A nivel emocional, para muchas personas el estrés de una ruptura puede compararse con la pérdida de un ser querido. Además, las costumbres nos aferran a lo conocido y provocan miedo hacia nuevos e inciertos caminos. Sin embargo y pese a todo, hay una verdad fundamental en este momento:
Tu familia no desaparece, simplemente se está transformando.
Este proceso de reorganización exige tiempo, paciencia y, sobre todo, un compromiso ineludible hacia los hijos. Cada miembro de la familia vivirá su propio duelo a su ritmo, pero con las herramientas adecuadas, es completamente posible llegar a un puerto seguro y construir una nueva y sana dinámica.
El viaje de la separación
Es completamente normal sentir una montaña rusa emocional. Según los expertos, el divorcio no es un evento de un solo día, sino un viaje con tres momentos principales:
- Antes de la ruptura: Todo empieza con un «divorcio emocional», una etapa de desilusión, donde las discusiones son frecuentes y, poco a poco, se instalan la frustración y la distancia.
- La decisión: No hay retorno. Llega el momento de los trámites legales, la reorganización económica y las decisiones difíciles. Es normal sentir confusión, autocompasión y una gran preocupación por el futuro de los niños. El momento de acudir a un abogado muchas personas lo viven con estrés y preocupación, pues ahí sienten que todo lo conocido comienza a desmoronarse y aquella seguridad, desaparece. Se abre ese ¿y ahora qué? que puede producir vértigo.
- El nuevo comienzo: Después del divorcio comienza la fase del reequilibrio: en ella comienzas a sanar emocionalmente, las personas implicadas recuperan su autonomía y construyen su nueva identidad. En esta fase pueden optar por el distanciamiento y la guerra constante o por una dinámica tranquila, de apoyo a fin de sortear los obstáculos que puedan venir, pues siempre se abordan de forma más fluida desde el prisma de la cooperación. Por ejemplo, puede suceder que un fin de semana uno de los progenitores tenga un compromiso laboral importante y necesite que el otro asuma el cuidado de los niños; que surja una reunión escolar o una actividad extraescolar que coincida con su horario laboral necesitando que el otro se haga cargo; puede darse el caso de que, en periodos vacacionales, uno necesite modificar las fechas por motivos laborales, y el otro facilite ese cambio, entendiendo que más adelante podrá solicitar una flexibilidad similar. Este tipo de acuerdos alternos “una vez tú, otra vez yo” hacen que la organización cotidiana sea mucho más sencilla, reducen el estrés de todos (especialmente de los niños) y construyen una relación de confianza y respeto mutuo a largo plazo.
La coparentalidad positiva
A veces pensamos que el divorcio en sí mismo es lo que traumatiza a los niños, pero la ciencia nos dice algo diferente. El verdadero daño lo causa el conflicto destructivo. Las peleas constantes o usar a los hijos como mensajeros son mucho más perjudiciales que vivir en dos casas distintas.
Si los que fueron matrimonio o pareja dejan a un lado sus diferencias y se esfuerzan como padres, lograran salvar la barrera emocional del dolor y el resentimiento y tratarse con respeto y comprensión. De esta forma la separación no solo no afectará negativamente a sus hijos, sino que puede enseñarles una valiosa lección sobre cómo resolver problemas y mantener relaciones respetuosas.
¿Cómo lo viven los niños? Una mirada según su edad
Tus hijos procesarán los cambios dependiendo de la etapa en la que se encuentren.
Suele ser un error dejarlos fuera de la ecuación, pues no es bueno que piensen a solas en silencio. Los niños perciben los cambios y la tensión en casa aunque no se les diga nada y, si no se les da las oportunas explicaciones, inventarán las suyas propias, pudiendo incluso echarse la culpa. Esto suele ocurrir en etapas tempranas, entre los tres a cinco años. Escucharles valida sus sentimientos de tristeza, rabia, miedo, confusión… Cuando se sienten escuchados, se reduce el riesgo de problemas conductuales, regresiones (mojar la cama, hablar como bebés, etc.), somatizaciones (dolores de estómago, dolores de cabeza) o dificultades escolares. En la etapa preadolescente suelen sentir una profunda tristeza y, a menudo, guardan la secreta esperanza de que sus padres vuelvan a estar juntos. En la adolescencia tienen un sentido de la justicia muy marcado, por lo que pueden sentir que deben ser leales con uno de los dos, o con quien consideran más vulnerable y enfadarse con el progenitor que consideran culpable. Si el conflicto en casa es alto, pueden buscar escape a través de la rebeldía o alejándose de la familia. Necesitan límites muy nítidos y mucho diálogo.
En definitiva, los niños cuyos padres comunican bien la separación suelen adaptarse mejor, desarrollar resiliencia y tener menos problemas emocionales a futuro. El trauma no suele venir de la separación en sí, sino de cómo se gestiona (conflictos continuos, silencio o usar a los hijos como mensajeros).
Lo ideal es que ambos padres hablen juntos a sus hijos, trasmitiéndoles que sus diferencias no tienen que ver con ellos. Es inútil decirles que todo seguirá igual, pues sus pequeñas vidas sufrirán cambios importantes, pero la naturalidad de los padres les hará sentir mejor y evitar sentimientos de culpabilidad. Luego, sus rutinas deben seguir como antes, pues el verdadero éxito será no cambiar hábitos familiares positivos.
Sobre todo, hay que evitar hacer referencias negativas del otro progenitor delante de ellos.
Si la ruptura se gestiona con respeto y comunicación, muchos niños no solo se recuperan, sino que salen más maduros y con herramientas emocionales útiles para la vida.
La custodia: Escuchar las preferencias de los hijos
Hoy en día, la evidencia científica respalda la custodia compartida como una excelente opción siempre que sea viable. ¿Por qué? Porque reduce la sobrecarga de un solo padre, disminuye el sentimiento de pérdida y permite que los niños mantengan un vínculo fuerte y cotidiano con ambos. Para que funcione, se necesita voluntad: vivir relativamente cerca, poder comunicarse sin que estalle una guerra, tener tiempo disponible y, sobre todo, poner las necesidades de los niños por encima de las diferencias adultas.
Ahora bien, es importante explicar a los hijos en qué consiste y como quieren vivir. Hay chicos que prefieren un solo espacio, una sola casa, sin que ello tenga nada que ver con un mayor o menor amor a su padre y a su madre. En estos casos se pueden buscar fórmulas alternativas al tradicional régimen de visitas, con un reparto de estancias que no los haga sentir como un transportín o que respete su propio espacio.